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Cati Cobas: Caticrónica Nevada.


 

¿Volverán los rojizos sabañones…?

(Caticrónica nevada)

“Pero hay otros que se juegan y ningún sueño dan  por perdido
y nunca jamás reniegan de los lugares donde han crecido.
Sin gas, sin agua y sin luz, me quedo en Lanús.”

Milonga para quedarse

Letra y música:Ignacio Copani

¡”9 de Julio”, los de antes…! Digo esto delante de mis hijos, y no tardo ni un segundo en percibir la mirada burlona que me devuelve, de inmediato, la patente de “Madre añosa”. Pero mi verdad es incontrovertible. El “Día de la Independencia Argentina” marcaba, cuando yo era chica, el comienzo de las vacaciones de invierno. ¡Y lo bien que hacían las autoridades al tomar esa decisión, almanaque en ristre!

Una llegaba al patio abierto de la escuela primaria en total estado de repollo. La mamá se había encargado, a través del viejo sistema “capa sobre capa”, de envolverla en lana y, si una era gordita, como en mi caso sucedía, una debía limitarse a movimientos que la asemejaban más al muñeco de malvavisco de los Cazafantasmas, que a una niña de diez ú once años.

El Himno Nacional se congelaba, hecho humito, en el aire, mientras la señorita  Russo, profesora de música, enfundada en su imponente tapado de astracán con cuello de visón sobre el inmaculado guardapolvo blanco, insistía, revoleando para todos lados los párpados pintados de verde “catita”, en que impostáramos nuestro frío para dale “brillo a la canción patria”. Las manos, envueltas en “primorosos guantes blancos”, según la Señorita Aurelia, “Vicedirectora del Establecimiento”, no se daban tiempo, en el afán de calentarse,  a tomar las tazas de chocolate con que, al terminar el “solemne acto”, nos convidaba la Cooperadora. ¡Era chocolate de verdad! No la cocoa cotidiana que tenía sabor a casi nada. Todo se soportaba estoicamente porque después de la tortura vendrían quince días de holganza, en que podríamos permanecer al abrigo de nuestras casas. Aunque, a decir verdad, en los años cincuenta y sesenta, en las casa de barrio como la mía, eso del “abrigo” era un tanto relativo. Se contaba para ello con las estufas de querosén y velas que se encendían por la tarde “cuando ya no se salía afuera”, por lo cual hay que admitir que las temperaturas, que solían ser inferiores a las actuales, tenían muy pocos elementos para ser combatidas, por lo que  debíamos conformarnos con las humeantes sopas y la leche calentita para abrigarnos. Y nada, pero  nada, impedía que manos u orejas de muchos infantes argentinos se orlaran de sabañones de lo más molestos.

El clima (meteorológico, por supuesto) se ha tornado, con los años, más benigno por estos pagos pampeanos hasta hacer de alguien que conoció los sabañones “in situ”, un gliptodonte. No obstante, y merced a la “ola polar” que nos está invadiendo, este 2007 hemos visto nevar en Buenos Aires en el Día de la Independencia. No quieran pensar ustedes la emoción de muchos, que jamás habíamos visto nieve al observar, primero a través de la ventana, y luego “en vivo y en directo”, esa maravilla que no ocurría desde que mamá era chiquita. Aunque por varias horas los copos se deshacían al llegar al suelo, los porteños, que crecimos con añoranza de alguna “Navidad blanca” sólo intuida a través de películas yankies, tuvimos, este 9 de Julio, nuestra “Fiesta Inolvidable” y celebramos la gesta de Tucumán  con muñecos y bolas de nieve en parques y plazas, sumados a una desbordante alegría ciudadana por un fenómeno que, creemos, no volverá a repetirse, y, que, por otra parte, esperamos que no se repita, porque si vuelve a nevar con frecuencia en Buenos Aires, podría significar que estamos cerca de “El día después de mañana” a raíz de los cambios climáticos que se vislumbran en el planeta.

Aunque, justo es admitirlo, tanta alegría se ha visto empañada muy pronto por las noticias que hablan de una inminente crisis energética. Estamos viendo languidecer estufas y cocinas con una llama de gas casi invisible, mientras la radio anuncia que algunas centrales de generación de energía eléctrica dejarán, muy probablemente, de funcionar debido a la falta de agua en los embalses que las  proveen.

El frío remite a mi viejo patio escolar, con el agravante de que, por haber pasado ya muchos inviernos diferentes a aquellos, nuestros cuerpos han perdido la costumbre de soportar con estoicismo, las gélidas temperaturas. Me pregunto: qué haremos los próximos días los sufridos porteños. Parafraseando a Gustavo Adolfo: ¿Volverán los rojizos sabañones nuestras manos y orejitas a poblar?

Es muy posible que así ocurra, pero debo admitir, con pena,  que la niña, hecha cebolla enguantada, que bebía chocolate luego del acto escolar, aunque haya revivido un ratito en los copos de nieve de la víspera, ésa: no volverá.

 

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julio 11, 2007 - Posted by | Artículos enviados

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